Camaleón gráfico

No es hasta hace mucho que me creé mi propio Instagram (el cual podéis ir haciendo click aquí). Como ha hecho todo el mundo en su momento, comencé a seguir cuentas relacionadas al diseño e ilustración que como ya sabéis es lo que me gusta. Entre tantas y tantas, me topé con una cuenta de una muchacha, donde además de subir diferentes tips y tipografías «cools» también subía sus proyectos.

Ella tiene un estilo muy marcado. Te puedes dar cuenta en sus post que van dirigidos a un público más general, sin embargo, cuando sube algún proyecto para una marca, es completamente diferentes. Puedes decir que lo ha hecho ella, tiene su esencia y te percatas fácilmente. A lo que quiero llegar es, por mucho que tengas un estilo, te tienes que adaptar.

También surgió este debate en clase, donde se establecía el límite entre estilo personal y deber como diseñador. Porque hay muchos diseñadores gráficos famosos que tienen su propio estilo, que se pueden permitir el lujo de utilizar su estilo según les antoje. Si yo no llego a ese nivel, me toca adaptarme y hacer lo que me pide el cliente. Al fin y al cabo el cliente siempre tiene razón.

Y es aquí donde está la trampa: las marcas contratan a esos diseñadores porque les gusta su estilo. Saben que van a hacer algo espléndido indiferentemente de su estilo o su forma de trabajar. Ellos confían en esa persona.

Sin embargo, para el resto de los mortales que estamos empezando, la realidad es otra. A veces parece que tenemos que ser camaleones: hoy soy minimalista suizo porque el cliente vende muebles, y mañana soy maximalista psicodélico porque me toca diseñar un cartel para un festival. Y es aquí donde surge la verdadera habilidad que no te enseñan los tutoriales: la empatía visual.

¿Es el cliente el que siempre tiene la razón? Personalmente, creo que no. Pero el objetivo del proyecto sí la tiene. Nuestra misión no es solo «dibujar bonito», sino solucionar un problema de comunicación. Si mi estilo personal pisa el mensaje de la marca, estoy fallando como diseñadora. El reto no es anular quién eres, sino saber qué porcentaje de tu esencia necesita cada encargo. Es como un ecualizador: a veces subes el volumen de tu estilo al 90% y otras veces lo dejas en un hilo casi imperceptible para que la marca brille por sí sola.

Al final, mi conclusión tras perder horas haciendo scroll en Instagram es que el estilo personal no es una cárcel, sino una firma. Quizás ahora me toque adaptarme a lo que el briefing dicte, pero cada decisión que tomo (el grosor de una línea, la elección de una paleta) lleva algo de mí.

Llegar a ese nivel donde las marcas te buscan por ser «tú» es el sueño, pero mientras tanto, voy a seguir entrenando mi capacidad de adaptación. Porque ser un buen diseñador no es solo tener un estilo increíble, sino saber cuándo usarlo y cuándo dejarlo guardado en el cajón para que el diseño cumpla su función.

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